DIMENSIÓN ESPIRITUAL

El Concilio Vaticano II nos recordó que la razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. En dicha unión se trata de experimentar al Dios incomprensible, que es la verdadera esencia de la espiritualidad cristiana. Es un encuentro, una experiencia y una aceptación de Dios no meramente doctrinal o ideológica sino mistagógica. Es un encuentro y aceptación en lo más profundo de nosotros mismos, en esa realidad sexuada que somos y que nos define como personas.
La sexualidad es un dinamismo de la totalidad de la persona que nos ofrece dos caminos para vivir nuestra vocación a la unión con otro ser. El camino amoroso de la vida en pareja, que además le ofrece al cristiano, la mejor experiencia de nuestra unión a Dios por la fe. Pero los hombres espirituales disponen de otro, es lanzar toda la fuerza de su energía amorosa sexuada a centrarla en Dios y tener la experiencia de esa fusión total de lo finito con lo infinito. Los místicos cristianos lo han entendido así y lo convirtieron en su proyecto de vida espiritual. Ellos son los verdaderos maestros de este encuentro, de esta experiencia y de este camino sexuado de fusión con su creador. Todo esto en el contexto de la sexualidad como una energía, una fuerza positiva capaz de generar vida, plenitud y realización.
La sexualidad es una tarea, un proyecto humano y espiritual de actuación libre, responsable y comprometida a lo largo de toda nuestra existencia. Las funciones, significados y valores, que la sexualidad recibe de la totalidad de la persona, se convierten en norma y criterio de su actuación libre y responsable de nuestra vida.
Uno de los objetivos prioritarios de la sexualidad del creyente cristiano es, pues, el desarrollo de una sexualidad sana ordenada y madura en su vida espiritual. Por ello la importancia de vivir la sexualidad teniendo conciencia de que soy una persona valiosa y trato con personas valiosas.
Vivir la sexualidad en el respeto de sí mismo y de los demás, en la valoración de sí y de los demás, sin caer en la cosificación o en el uso del otro.
La persona creyente podrá también entender esta dimensión espiritual de la sexualidad, de tal manera que la vivencia de la sexualidad personal interpersonal sea ocasión de una experiencia de encuentro con Dios o el ser trascendente y de comunión con los demás seres. Es encontrar a Dios en la propia sexualidad y en la de los demás sabiendo que es un proceso.
La sexualidad tiene capacidad de generar nueva vida en distintos aspectos y esto tiene mucho que ver con la dimensión espiritual y trascendente de la persona. Al vivir se puede trascender constantemente en los demás.
Para comprender y vivir la sexualidad como fuente de espiritualidad es necesario que no separemos lo que Dios ha creado unido y redimió para superar lo que nosotros separamos. No hagamos de nuestra vida y de la sexualidad algo aparte de ella. No hagamos de nuestro cuerpo y de la sexualidad una cosa aparte.
Hoy son cada vez más las personas creyentes y no creyentes, las que sienten una profunda necesidad o anhelo de una sexualidad integrada en su vida espiritual. Una espiritualidad que no sea moralizante, normativa, pesimista, condenatoria de nuestro mundo y cultura sexual. Que se base en el amor y que acoja a las personas que viven el amor allí donde se encuentran desde su ser hombre y mujer creados a imagen de Dios. Que responda a una actitud optimista para animar a las personas a vivir en plenitud su ser hombres y mujeres con un dinamismo de desarrollo integral.

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